¿Por qué?, ¿cómo?, tengo una duda…

abril 9, 2020 Por Fran

Aún antes de ser profesora sentía la necesidad de responder dudas sobre cosas cotidianas o fenómenos que veía en mi entorno, muchas veces eran mis propias preguntas, otras cosas que venían a mí de una conversación o la lectura de algún texto con el que me encontraba por los azares de la vida. Estas dudas se fueron aumentando en tamaño a medida que pasaban los años y se añadían personajes en mi historia, ¿cómo olvidar cuando el más pequeño de mis hermanos me preguntó qué era la savia de los árboles? o ¿por qué se extinguieron los dinosaurios?. Hablar con él era como entablar una conversación con un pequeño adulto que intentaba dar respuesta a sus propias preguntas, no consultaba libros o sitios de Internet para buscar información, solo presentaba los más estrambóticos cuestionamientos a quienes lo rodeaban, como lo hace cualquier niño pequeño que busca saciar su curiosidad y como seguramente todos lo hicimos en algún momento de nuestra vida.

Conforme transcurría el tiempo me alejé un poco de aquellas dudas tan simples y exquisitas, para enfrentarme a preguntas aún más trascendentes, o bueno, que en aquel momento parecían ser increíblemente trascendentes. Así descubrí, a veces por iniciativa propia o por influencia de ciertas situaciones o personas, otros fenómenos y elementos que despertaban totalmente mi curiosidad, como microscopios diseñados para estudiar el estiramiento de células por el estrés mecánico, qué es realmente un holograma, cómo cambia el suelo de una determinada zona geográfica en el tiempo o qué mecanismos poseen las bacterias para burlar nuestro tan preciado sistema inmune. Sin embargo, en este camino por problemas complejos e intrigantes, aparecieron nuevos tópicos que atraían mi atención y permitían generar un numero tan grande de preguntas, que no habrían alcanzado todas mis bitácoras ni cuadernos para poder registrarlas. Estas dudas provenían de todas las áreas seres vivos, planetas, estrellas, rocas, tiempo, lugares, estilos de vida, ciencias, música, deportes, galaxias, números, eras geológicas, extinciones y un sin fin de etcéteras que no tiene ningún sentido seguir enumerando.

Así siguió avanzando el tiempo y nuevamente fui olvidando mis propias interrogantes.

A pesar hacerme menos preguntas, estas no desaparecieron y comenzaron a llegar por montones, como un río que se mueve cuesta abajo y que solo busca apaciguarse desembocando en el mar. Esta nueva ola de preguntas y curiosidades vino de la mano del desafío más grande que he enfrentado últimamente, enseñar a niños. Enseñar a pequeñas personas con sed de respuestas y con tantas interrogantes, que 90 minutos no bastan para cumplir el cometido de calmar aquellas voces que anuncia y repiten: «tía, tengo una duda», «¿Cómo ocurre esto?», ¿qué tal si aquello funcionara de otra manera?», ¿Por qué esto es de un color y no de otro?». Sin duda aquellos momentos en el aula me hacen viajar al instante preciso en que discutía con mi hermano de las cosas más triviales y complejas de la vida y el entorno.

Puede que, dado el quehacer diario, responda a muy pocos de mis cuestionamientos o no busque satisfacer totalmente mi curiosidad. Sin embargo, el responder las preguntas de otros, contribuye a reencontrarse con las más profundas dudas de quien las responde.

Estos días, no he salido de casa y he dedicado parte de mi tiempo a retomar el hábito de leer e investigar, quizás no tanto como me gustaría, pero a veces es mejor avanzar lentamente. Gracias a estos días, puedo concluir que, aunque ahora no registro las cosas que me causan curiosidad o las preguntas que me hago en cuadernos o bitácoras, esa chispa de curiosidad sigue intacta.